28 de septiembre de 2011

Rol en vivo y educación, una experiencia casi lograda

Leyendo la "llamada a las armas" de Veinticinco horas al día: Quiero que mi afición crezca, me vino a la mente un curioso experimento vivido allá por los primeros años de los 90 (92 si no me fallan los cálculos), cuando andaba yo cursando 5º o 6º de EGB.

Nuestro tutor era un profesor de estos que no se olvidan fácilmente. Nos trataba de usted, maldecía en alemán, conducía una harley y ponía orden en la sala con un pequeño mazo de madera. Un buen día, aquel señor bajito y moreno, con su bigote y su camiseta marinera, con aquellos tirantes amarillo fosforito que habían traumatizado a mi madre, nos dice que quiere montar una especie de rol en vivo con toda la clase durante lo que queda de curso. Bueno, no recuerdo exactamente lo que dijo, pero el fondo era ese.

El escenario de juego era un tranquilo pueblo situado en ningún sitio poco relevante relevante. Eso sí, había un río y un bosque. La situación era que unos fabricantes de papel querían poner una fábrica en dicho pueblo. El punto conflictivo era que la fábrica contaminaría lo suyo, pero traería puestos de trabajo y pasta. Hay que pensar que esto pasaba en el 92, en los albores de la que sería conocida como la crisis del 93.

Los alumnos interpretábamos a diferentes facciones o grupos de dentro y fuera del pueblo. Había dos grupos de periodistas, uno que representaba al ayuntamiento, otro eran los de la papelera, había un grupo de ecologistas y el resto (2 o 3 grupos más) creo que eran gente del pueblo sin más particularidades. Así, no había una relación directa de alumno-jugador, sino de alumno-grupo de juego (por cierto, en este mismo blog: Rompiendo el binomio un jugador - un pj :P).

El objetivo final del juego era llegar a decidir si el ayuntamiento debía dar el visto bueno o no a la papelera. No había tiradas de dados, evidentemente, ni había fichas de personaje; las habilidades de los jugadores eran las nuestras propias, así que los industriales podían investigar y argumentar a su favor con los datos económicos del momento, los ecologistas podían averiguar lo contaminantes que son las papeleras (con el cloro para blanquear y todo eso), los periodistas debían informar parcialmente (o no)...

Evidentemente la cosa se quedó en agua de borrajas y no se terminó, pero el artículo de Veinticinco me lo trajo a la mente y la verdad es que la idea tiene muchísimo potencial. ¿Porqué no funcionó? ¡Por el amor del dos, teníamos 10 u 11 años!

Eso sí, yo como activo periodista aprendí más o menos lo que era la demagogia y el sensacionalismo en la prensa... aunque con aquellos años no fuese todavía capaz de unir la línea de puntos.
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