22 de abril de 2019

Dilbert y los estereotipos rancios de los 90

Acabo de leer la #bonilista de esta semana, una lista de correo que se publica cada domingo y está escrita por David Bonilla, un informático que durante años se dedicó a ser el nexo de comunicación entre técnicos y muggles, y que tiene la virtud de poner en blanco sobre negro muchas de las cosas que suceden en nuestro pequeño mundo de picateclas.

El texto de esta semana trata sobre Dilbert, una tira de cómic que satiriza el entorno corporativo de los 90, cuando las multinacionales funcionaban como pequeños estados y generaban un entorno de trabajo burocratizado hasta la estupidez. Una buena parte de los que empezamos nuestra carrera profesional antes de la crisis de 2007 lo hicimos como curritos en una de esas multinacionales (nosotros las llamamos "cárnicas") donde se vivía ese ambiente.

"Hay toda una nueva generación de desarrolladores que no se sienten identificados con la misma, ni entienden la fascinación que sentimos por el personaje -al que ven sólo como un rancio estereotipo- los más veteranos." escribe el autor como queriendo tirarme una losa con todos mis años en el ramo grabados en ella.

El zeitgest del que habla Bonilla tuvo tanto impacto que se han generado obras de culto entorno a él. Dilbert no es una casualidad, se genero una brutal cultura de trabajo corporativo que se refleja en otra obras como Microsiervos, la novela que inspiró el blog que lleva su nombre y que describe el día a día de los programadores de una empresa ficticia creada a imagen y semejanza de Microsoft.

Es verdad que estamos en un momento en el que la mayoría de las empresas han colgado la corbata y se muestran más amigables. Engañosamente amigables de hecho. La corrección política, las sonrisas impostadas, las americanas con camiseta, el optimismo ante el fracaso, el auto-empleo o el advenimiento de los nuevos emprendedores son los árboles que no nos dejan ver el bosque del aplastante y omnímodo dominio de las corporaciones sobre todo y todos.

Antes sabíamos que debíamos desconfiar del malvado director de recursos humanos Catbert.

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